ÚLTIMA HORA

EL AMOR DE CRISTO NOS ACTIVA;  CON EL PAN VIVO QUE DA LA VIDA

 

(La victoria definitiva es del Crucificado, que dobló la cabeza por todos, haciéndonos criaturas renovadas; de modo que ya nadie ha de vivir para sí, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros. Lo viejo, pues, ya ha pasado. Ahora nos queda seguirle, a quien se despojó de su gloria para revestirnos de ella. Pongámonos a buscarle y a rebuscarle sin cesar, persistamos en llamar a la puerta de su corazón, estando vigilantes en la oración y jubilosos en la alabanza).

 

I.- ¿POR QUÉ TENÉIS MIEDO?

 

El amor puro no conoce el temor,

reconoce al único Señor del orbe,

al Verbo encarnado en mil versos,

que nos estimó hasta sacrificarse,

por nosotros y fenecer en la cruz.

 

Bebiendo de su Palabra, vivimos;

y al vivir amando, nos elevamos;

y al ennoblecer, nos despojamos;

tanto de nuestras tristes miserias,

como de cualquier pulso de duda. 

 

Lo meritorio es no transitar solos,

contar siempre con los semejantes,

pues es el recelo quien nos separa,

y la unión lo que nos injerta la luz:

la placidez con la suma de latidos.

 

II.- ¿CUÁLES SON LOS CICLONES?

 

El poder celeste nos convoca a ser,

el ser que se interioriza e interroga,

sobre los vientos que nos derriban,

haciendo del árbol viviente un mal,

y no un bosque donde viva el bien.

 

Con el crucifijo siempre en el alma,

con las corrientes vertidas por Jesús,

con el darse y el donarse en alianza,

es como se vence el aguijón egoísta,

de pensar para sí, sólo en sí mismo.

 

Reemplacemos las fuertes borrascas,

pongámonos en guardia cada aurora,

para que la gran morada comunitaria,

no caiga en la tristeza del abandono,

sino en la acogida fraterna del apego.

 

III.- ¿DÓNDE ESTÁ EL SALVADOR?

 

Vuelva a nosotros un nuevo tono,

el timbre que nos salva de caídas,

la voz que nos restaura de vicios,

el cántico que nos ubica lozanos,

el aleluya que nos dispone justos.

 

A todos los habitantes de la tierra,

se nos invita a conformar un coro,

para ensalzar al Altísimo con la fe;

certeza que nos encauza con júbilo,

a loar en su nombre los horizontes.

 

Gloria al vencedor de los abusos,

que tuvo como laurel redimirnos, 

con una ascensión viable y fértil:

el de la compasión, con la pasión

de verse muertos y sentirse vivos.

 

Víctor CORCOBA HERRERO

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